Reconocen artesanías en miniatura de Metepec

Martín Hernández Sánchez tiene 42 años y es uno de los pocos artesanos en Metepec, Estado de México, que desarrolla la técnica de piezas miniatura con barro. En apenas 1.5 centímetros es capaz de recrear la historia de un país, la evolución de la Bandera de México, e incluso la vida del Papa Benedicto XVI.

Es el mayor de nueve hijos que aprendieron a trabajar con el barro negro de Metepec desde los siete años. Es una familia que se dice orgullosamente una mezcla de otomíes y matlatzincas, quienes inicialmente fueron alfareros y después artesanos, porque en un principio decoraban y moldeaban ollas de barro, después elaboraron algunos de los elementos de los árboles de la vida de tamaño natural que llegan a medir hasta uno o dos metros de alto.

De escasos recursos, encontraron en el barro una forma de vida que además les dejó grandes satisfacciones.

En un pequeño taller del Barrio de San Mateo, en Metepec, crea las piezas que emergen de su creatividad e imaginación y que han llegado a las manos de la Reina Isabel, los reyes de España, Japón, China, Holanda y hasta el Medio Oriente, además de todos los mandatarios que visitaron México durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, e incluso aquellos países a los que viajó el presidente, tanto que perdió la cuenta de las latitudes a las que llegaron.

“No sólo es eso, sino saber que somos una de las escasas 20 familias del municipio que moldeamos el barro y encontramos la forma de reproducir los sentimientos que deposita una persona hacia otra a quien se lo va a entregar”, platicó el artista.

Rechazó que sean especialistas, porque su técnica no surgió del estudio de una carrera; sin embargo, son los mejores de la región, quienes con palillos o pinzas de depilar, alfileres e incluso las uñas o una astilla, transforman la tierra mezclada con flor de lirio, en singulares piezas que difícilmente pueden ser copiadas.

Forma de trabajo

Para desarrollar esta modalidad, tuvieron que buscar materiales de otros estados para poder trabajar porque el barro de Metepec tiene pequeñas imperfecciones que les impiden dar forma a las diminutas hojas de apenas un milímetro o las facciones de una catrina que irá incluída en el árbol de la vida. “Fuimos por ejemplo a Tecomatlán, municipio de Tenancingo, o el barro amarillo de Oaxaca, que es más puro, y logramos cernirlo con una media por la que pasa sin piedras que nos impidan convertirlo en la masa que necesitamos para darle forma”, explicó.

Para este artesano cada pieza tiene una historia, vida propia, porque quien la compra pide un diseño único que deberá forjarse de cero, desde los moldes hasta el decorado, para ello piden fotografías, que cuenten los motivos por los que quieren este trabajo y entonces en la mente del autor comienzan a surgir las propuestas de los elementos que darán forma a una o seis caras del árbol.

Así por lo menos hizo con cada uno de los pedidos que le llegaron del gobierno de la República, que incluyen en 3.5 centímetros la bandera del presidente para el que va dirigido, la universidad de donde egresó, la residencia personal o palacio del mandatario, el deporte que prefiere y quizá hasta su historia familiar.

Es un trabajo que los artesanos califican como fino, una especialidad que pocos pueden desarrollar porque si bien en Metepec hay una gama de opciones llamadas miniaturas, en las del taller El Sol cada parte de las esculturas permite observar los detalles más curiosos de una planta, los pistilos de una flor, las nubes de un paisaje, elementos que implican entre dos y tres meses para su elaboración, producidos por dos de los hermanos y decorados por otros dos.

Miedo a desaparecer

Para Martín, el mayor temor es que desaparezca esta actividad, pues por lo menos los integrantes de esta familia se casaron y tuvieron hijos a edades maduras, explicó, y quizá sus pocos hijos no se interesen en esta actividad.

“Muchas veces el problema es que hay concursos municipales para galardonar a los nuevos talentos infantiles o juveniles, pero no son sino prestanombres de los artesanos adultos, son pocos los que están involucrados en preservar las artesanías originales”, reclamó.

La pieza que más le satisfizo es una que inscribió en un concurso de Tlaquepaque, Jalisco; un árbol de la vida con 120 flores de un milímetro, fue una figura tradicional que es la historia la humanidad como la cuenta la Biblia.

Las manzanas que incluye las moteó con hojas secas trituradas al salir del anafre, donde queman las piezas, porque en el horno de piedra no pueden meterlo porque se derriten debido al tamaño.

“Era de 4.7 centímetros, y se llama Me Tisné”, explicó.

Son con corazón y que concentran en figuras que no rebasan los siete centímetros la historia de una vida o el amor por un país.

 

El Universal

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Por Alejandro Olivas

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