Ella vivía en el piso de arriba. Yo abajo. La escuchaba caminar con tacones a las 6:00 AM, como si pisara uvas para hacer vino caro.
Yo trabajaba en el correo. Turno nocturno. Clasificaba cartas de amor que no eran mías. A las 3:17 AM siempre subía las escaleras. Ella bajaba. Coincidíamos en el rellano.
Llevaba un abrigo gris. Olía a café y a decisiones equivocadas. Tenía un anillo. Yo tenía ojeras y una botella de whisky barato en la bolsa del pantalón.
«Hola», decía ella.
«Hola», decía yo.
Eso era todo. 2 segundos. 5 días a la semana. 260 holas al año.
Una vez se le cayó una carta. La recogí. Remitente: Bufete de abogados. Destinatario: Su esposo.
«Gracias», dijo, y me rozó los dedos. Tenía las manos frías. Yo sentí fiebre por tres días.
Me aprendí su horario. Me duchaba antes de las 3:17 AM. Me ponía la camisa menos arrugada. Ella seguía bajando. Yo seguía subiendo. El anillo seguía ahí.
La última vez llovía. Se detuvo en el rellano. Me miró más de dos segundos.
«Qué vida de mierda», dijo.
«Sí», dije yo.
Se rió. Tenía una risa que podía desarmar a un cobrador de deudas. Después siguió bajando. Yo seguí subiendo.
Nunca supe su nombre. Nunca me preguntó el mío.
A los tres meses se mudó. Otro hombre cargaba las cajas. Yo miraba desde mi ventana, con una cerveza tibia en la mano.
Ahora subo las escaleras a las 3:17 AM y no hay nadie. El rellano es solo yeso y silencio.
El amor imposible no duele porque no pasa. Duele porque pasa todos los días, a la misma hora, y no tienes las agallas para detener el reloj.
Bukowski no escribía finales felices. Yo tampoco.
