Estrategia fallida: no hubo un muerto para la tribuna.

@josegmunoz

 

De haberse callado Ricardo Monreal y Andrés Manuel López Obrador luego de la brutal embestida de unas centenas de porros pagados –en su mayoría, porque siempre hay idiotas útiles que colaboran sin paga con causas que desconocen— a comercios, patrullas, autos particulares, hoteles y todo lo que estaba a su paso, podría darse el beneficio de la duda sobre el eterno pregón del tabasqueño de que su movimiento es de “resistencia civil pacífica”, y buscar probar que que la violencia viene de las fuerzas represoras “al servicio de la mafia del poder”, que cambia de componentes, a su leal entender, pues ya comienza a sospechar de quien fuera su candidato para ocupar la Secretaría de Seguridad Pública, Manuel Mondragón y Kalb, de quien ya pidió su renuncia como flamante subsecretario de Planeación y Protección Institucional de la Secretaría de Seguridad Pública.

 

Pero no. A Ricardo Monreal le urgía un muerto para la tribuna, aunque sólo resultó tuerto. La diferencia de una letra es enorme. En la Cámara de Diputados anunció al mundo que se había consumado el primer muerto de Calderón, cuando una turba ataco todo “con el propósito de impedir la asunción de Enrique Peña Nieto”, contenida por las fuerzas de seguridad pública, tanto federales como del gobierno de la ciudad.. El tono fue triunfalista.

 

Es la emoción por los difuntos, siempre y cuando no sean los legisladores lopezobradoristas que pegan con la izquierda y cobran con la derecha. Esta necrofilia trasnochada se practicó en el Partido Comunista Mexicano cuando el gobierno federal era verdaderamente represor, que a cualquier reunión política la llamaba “conspiración”. Lucró con el asesinato de Rubén Jaramillo en manos del Ejército durante el sexenio de Adolfo López Mateos.

 

Su máximo capital político que continúa dejando jugosos dividendos a sus herederos forzados (los ex priístas que se apoderaron de las franquicia llamada “izquierda”) fue la masacre de estudiantes de 1968. Los 500 perredistas asesinados durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari los exhibieron como trofeo de guerra. Y los “muertos de Calderón”, que pueden ser entre 60 mil y 100 mil, que nadie en su sano juicio puede atribuir culpas irreflexivamente el ex mandatario, es repetida en un ritual de condena cotidiana para provocar simpatías y comprar feligresías adictas a la sangre y la escatología.

 

Zarkp Pinkas escribe en http://www.lapagina.com.sv/editoriales/73761/La-propaganda-asesina:

 

“Aplicando ideas de Marshall McLuhan, las imágenes falsas permiten a grupos masificados ser fácilmente manipulados y sufrir lavados de cerebro por los medios de comunicación de esta Aldea Global. Los medios tienen la posibilidad de entrar en la mente, afectando el inconsciente con una frase o slogan de acción, es decir, buscan una reacción humana pasiva o activa.

 

“Las reacciones pasivas o activas se expresarán en acciones de los afectados por la saturación de mensajes. El problema radica en acciones genocidas justificadas por los mismos medios en tiempos de mayor polarización social. El odio es como la gravedad solamente necesita de un empujón para dejar caer la violencia enfocada”.

 

Así, la constante en los discursos de López Obrador y adláteres, al repetir las palabras “mafia”, “saqueadores”, que se adueñan del poder con “fraudes” y el “poder del dinero”, además de los “traidores” que se cambian de su bando al contrario, pero no los que abandonan las simpatías del adversario para sumarse a la causa de Morena como Arturo Romo o Manuel Bartlett, por nombras sólo dos, son clichés que penetran en masas poco informadas o muy bien informadas, pero marginadas de los beneficios del poder público, para crear un estado de crispación a todo lo que huela a “lo otro”, sin poder evitar que exista y menos si es mayoría, como es el caso de los partidos PRI y PAN.

 

Se diserta sobre el objetivo de la violencia y en todos los casos concluye la comentocracia que los extremistas lopezobradoristas pretendieron “impedir” que Enrique Peña Nieto asumiera el poder presidencial. Esta hipótesis es más bien una respuesta de manual oficialista sin mayor sentido. Sostengo que es ingenuo creer que cinco o seis centenares de vándalos armados con piedras , palos y bombas Molotov, tengan tanto poder. Vamos, ni siquiera ellos mismos lo creerían. Hay quienes afirman, como Carlos Marín, en Milenio, que el objetivo es manchar los manteles de Miguel Mancera y Marcelo Ebrard: hay quienes que escriben que lo que se intenta es medir la capacidad de respuesta del nuevo gobierno del gobierno federal ante provocaciones para después poder repetirlas en varias ceremonias donde se presente el mandatario, y así “demostrar” repudio del “pueblo”.

 

Me inclino por esta última posición, porque cuando la ganancia de los actos violentos es la impunidad, con el absurdo argumento de que se trata de “luchadores sociales”, se puede aspirar a hechos de mayor dimensión. La aparición del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, en enero de 1994 con sus más de 100 muertos sin castigo o las las explosiones de instalaciones de Pemex en el año 2007 “acreditadas” por el Ejército Pupular Revolucionario. pasando por el secuestro de Alfredo Harp Helú y Diego Fernández de Cevallos, y la violencia con la que un grupo de fanáticos religiosos destruyó una escuela y las quema de autobuses de pasajeros propiedad de particulares, son los casos más paradigmáticos de la comisión de delitos por “causas políticas”, que luego litigan hasta ser liberados de toda culpa, por tratarse de “luchadores ssociales, lo que deja en estado de indefensión al Estado, viva expresion dse la sociedad organizada.

 

Andrés Manuel López Obrador desperdició su gran oportunidad de condenar la violencia, así, a secas, pues siempre que anuncia sainetes contra “la mafia”, afirma que se trata de “Resistencia civil pacífica”, término usado por el activistas norteamericano David Henry Thoreau en 1847, quien dejó de pagar impuestos en su país e invitó a otros causantes a hacer lo mismo, en protesta por la guerra contra México. Un ejemplo de cómo la resistencia civil pacífica gana revoluciones lo tenemos en la emprendida por el Ayatola Jomeini al final de los años 70, pues convocaba a manifestaciones multituidinarias, a marchas sin vandalismos y el ejército del Sha de Irán, en ese ttiempo calificado como el mejor armado del mundo, mataba mil o dos mil manifestantes y cada día aparecían más protestantes hasta que la comunidad internacional intervino para detener las masacres y retirar el apoyo al Sha.

 

La resistencia civil de AMLO es una caricatura mal hecha de la original, porque su protesta huele a cruda ambición de poder. “Alguién” pagó 300 pesos a cada vándalo para “demostrar” que el pueblo no quiere a Peña Nieto. Ese alguien, al menos, es feligrés de López Obrfador, cuando no sea el mismo AMLO quien pone el coco y luego le tiene miedo.

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